María Romero Viveros
Consultora de promoción de la salud pública en Oxfam México
La noche del 7 de septiembre de 2017 estaba en Xalapa, Veracruz, lugar donde se sintió el temblor pero no tuvo consecuencias mayores. Vi las noticias y supe que la mayor afectación fue en Oaxaca, sin embargo, viví meses alejada de la destrucción ocurrida en el Istmo de Tehuantepec.
Cuando inicié mi trabajo en la emergencia, sabía un poco del Istmo de Tehuantepec por mis clases en la escuela y por la cercanía con el estado de Veracruz, de donde soy originaria; conocía algunos nombres de municipios como Juchitán, Salina Cruz y Tehuantepec, pero honestamente, no tenía ni idea de las dimensiones de la región y mucho menos de que fuera tan calurosa. Así que llegué, me instalé en Salina Cruz y empecé a conocerla.
Fue hasta ese momento cuando el desastre llegó a mi vida; habían pasado 6 meses y las calles seguían llenas de escombro, la gente continuaba preguntando sobre la respuesta del gobierno para la reconstrucción. En las escuelas, que es donde realizo la mayor parte de mi trabajo, no se había hecho nada; niños y niñas asistían a clases en aulas improvisadas con palma y plástico, en carpas instaladas dentro del terreno de la escuela o en algún espacio prestado o rentado, y en otros casos, no se sabía a dónde acudían a clases.
Mi trabajo inició en ocho escuelas distribuidas en seis municipios: Santa María Huamelula, Santiago Astata, Salina Cruz, San Mateo, San Pedro Comitancillo y Santiago Niltepec, todas completamente diferentes, algunas en la costa, otras cercanas a la refinería, algunas otras cercanas a la región de “La Ventosa”.
El regreso a clases fue promovido por los comités de padres y madres de familia, quienes a través del tequio (trabajo colectivo que realizan habitantes en beneficio de su comunidad) construyeron las aulas temporales o adecuaron los espacios para que las carpas se instalaran. Sin embargo, en la mayoría de los casos estos lugares no son los adecuados para que niñas y niños tomen clases, son espacios muy reducidos, sin ventilación e iluminación adecuada y lo más crítico son las temperaturas que se alcanzan dentro las mismas, más de 35°. Por tal motivo, en algunas escuelas los horarios escolares se modificaron y la hora de entrada y salida se recorrieron para evitar la exposición a altas temperaturas.
El idioma fue una barrera a la que nos enfrentamos; en San Mateo del mar se habla huave, y aunque hay quienes entienden y hablan español, las reuniones importantes se llevan a cabo en su idioma, por lo que siempre es necesario contar con alguien que haga la traducción.
El cambio al horario de verano descontroló al equipo, pues en la mayoría de las comunidades el horario no cambia; es “el horario de la resistencia”, como nos dijo alguna vez una vez el maestro Héctor de la primaria de Santiago Astata. Esto provocó que varias veces llegáramos una hora antes porque no nos quedaba claro cuándo llegar a trabajar. Ahora ya sabes que eso es algo que siempre se debe preguntar.
Esto es sólo un poco de las diversas situaciones a las que nos hemos enfrentado quienes estamos en el Istmo, y a 1 año del terremoto el avance en la reconstrucción no se nota, es difícil decirlo, pero casi todo sigue igual. Sin embargo, la actitud y la fortaleza de la gente en Oaxaca no ha permitido que el desastre se normalice, pues se siguen buscando apoyos para que escuelas y viviendas se reconstruyan. Aún queda mucho trabajo por hacer y mientras estas personas continúen tratando de levantar a sus comunidades, reitero que debo estar a su altura y seguir trabajando para que esos esfuerzos se vean reflejados en sus localidades.
Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor o autora y no necesariamente reflejan la postura oficial de Oxfam México