Hola, me llamo Viridiana, soy millenial y sufro de ansiedad.
Tengo un dilema en distinguir si mi ansiedad es producto de una construcción social o es un problema hereditario. Mi psiquiatra diría que mi cerebro no segrega ciertas sustancias en las cantidades “adecuadas” y sumado a una carga considerable de estrés, los neurotransmisores fallan, provocando el colapso de mi sistema nervioso.
Serán peras o manzanas, pero yo tengo que lidiar con esto cada día.
Vivo en una de las ciudades más grandes del mundo con casi 9 millones de habitantes. Es difícil imaginar un día sin estrés en esta ciudad.
Respiro hondo y empiezo mi día, me levanto temprano para evitar el tráfico, para no encontrar el Metrobús atascado. Preparo mis cosas: llaves, dinero, celular, cargador, paraguas, objeto de protección (tijeras o algo con filo). Si fuera hombre seguramente no me preocuparía por cargar un objeto que me sirva para defenderme de un eventual ataque sexual. Según la encuesta sobre la violencia sexual en el transporte y otros espacios públicos en la Ciudad de México, realizada por ONU Mujeres México, el 95.3% de las mujeres encuestadas entre 15 y 29 años han sufrido algún acto de violencia sexual en el transporte u otro espacio público de la CDMX en el último año.
Llego al Metrobús y me doy cuenta de que voy tarde porque ya está repleto. Irremediablemente la señora o el señor de al lado me clavan el codo en la costilla mientras trato de agarrarme al tubo que está a dos personas de distancia, ¡uf! lo logré, ahora sólo tengo que aguantar en la misma posición por 40 minutos. No cabemos, de los 15 millones de viajeros y viajeras en la zona metropolitana del Valle de México el 71% utilizan transporte público. De por sí somos mucha gente viviendo aquí y además 2.25 millones de los viajes que se realizan a la CDMX provienen de Municipios conurbados del Estado de México y Tizayuca, personas que vienen a estudiar o trabajar porque en sus ciudades no pueden acceder a educación pública de calidad o porque los salarios no alcanzan para tener una vida decente.
Salgo del Metrobús tocando mis bolsillos para asegurarme que mi celular sigue en su lugar -ya alguna vez me lo robaron-, ¡ahí está! estratégicamente bien guardado. Me dirijo a la salida y volteo en todas direcciones para revisar que nadie me sigue y que no hay ningún carro sospechoso.
Mi psicóloga una vez me dijo que para restar estrés a mi vida tenía que preocuparme por cosas que puedo controlar y las que no, alejarlas de mi mente. Sé que no puedo controlar el hecho de que cuando sea anciana (si mi ansiedad me permite llegar) no recibiré una pensión que me alcance para mantenerme, no puedo controlar tampoco el descomunal costo de una casa en esta ciudad -que probablemente nunca podré comprar porque mi salario se va en gran medida en pagar renta, así que ni pensar en ahorrar-. Tampoco está en mis manos evitar que alguien de mi familia desarrolle una enfermedad grave pero me aterra pensar que no podré solventar los gastos de los medicamentos y la atención médica, y que tendría que dejar de trabajar para cuidar de ella o él. Todo esto pasa por mi cabeza, mientras mi casera (la verdadera dueña de mis quincenas) me recrimina que los y las jóvenes no nos tomamos las cosas en serio.
Por más meditaciones que haga, esos pensamientos no se alejan, nunca se van. Tengo que preocuparme por todo esto porque vivo en un país en el que únicamente quienes nacieron en familias privilegiadas tienen garantizado el derecho a una pensión para la vejez, a una vivienda digna y a atención médica de calidad. Eso se llama desigualdad.
Regreso cansada a casa y me siento pésimo porque, de nuevo, hoy no tengo ganas de avanzar con mis proyectos personales pendientes. Luego me acuerdo que tengo que sacar fuerza de donde sea para acabar el trabajo freelance que me aliviana la quincena.
A pesar de todo, recuerdo al viejito que vi el fin de semana limpiando parabrisas, recuerdo cómo me miró y me sonrió y entonces me siento culpable, culpable porque aunque tengo una lista de preocupaciones, tengo privilegios. Tengo una cama cómoda, comida en mi mesa y no he tenido un ataque de ansiedad en los últimos meses. No debería quejarme.
Me voy a la cama. Me duele poquito la panza. Es mi colitis. Me brinca el párpado izquierdo. Es el estrés. Cierro los ojos y me recuerdo a mí misma que no es sólo mi ansiedad, es la maldita desigualdad.
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